Un verano, muchas salidas se arman mirando para atrás: dónde rindió, cuándo explotó, qué laguna se prendió la temporada anterior. El Burro fue la excepción durante años: hacia 2020 el espejo se quedó seco, y con él se apagó -al menos en apariencia- uno de los ámbitos históricos de tarariras en la provincia de Buenos Aires. Hoy, con la entrada de agua por vertederos y un escenario que muestra señales claras de recuperación, la historia vuelve a moverse. Además, el lugar suma lo que a veces define un viaje familiar: camping con sombra, botes en alquiler y buenos servicios. Un pesquero que no sólo promete pesca: también descanso.

Apenas llegamos, todo estaba impecable. Nos recibieron Juan y Nahuel Fernández, junto a Nilda, del buffet. La hospitalidad -y las temporadas compartidas- hacen el resto: puertas abiertas, mate listo y esa sensación de volver a un lugar conocido. Con ellos, y con la ayuda de nuestro amigo y guía Fernando Scardigno, bajamos la embarcación –un tracker de 5,10 m- para relevar sectores donde la tararira podía estar afirmada. En el embarcadero cargamos equipos y salimos por el canal navegable hacia el primer sector. A modo de referencia: desde el muelle, apuntando en línea recta y corrigiendo apenas a la derecha, el rumbo lleva a una bahía somera que se forma cerca de un arroyo con compuerta a la vista, hoy vertiendo agua desde Adela. Hacia la izquierda queda un casco de estancia, y desde allí la laguna se estira en una lengua larga, con juncales notables que se pescan hasta el fondo, donde el agua se interna en campos con plantas de manzanos. Geografía rara, sí; pero taruchera.
Preparando la estrategia
Arrancamos a las 9 con carnada, junto a Alberto Frontoni y Gonzalo Iglesias. El dato previo marcaba tendencia: las primeras tarariras se venían dando con dientudo vivo, y por eso fue nuestra carnada predominante. Usamos equipos frontales, cañas de dos tramos de 2,40 m y 20 lb (1 lb = 0,453 kg), ideales para clavar piques a 30 m -distancia a la que anclamos gran parte del tiempo-. Con multifilamento 0,18 mm (o 30 lb), la conexión con las tarariras medianas que sabíamos presentes era sólida. El aparejo fue con boya Plop, regulando profundidad según el sector, siempre tocando el fondo o apenas por encima. Nunca anclamos en más de 70 cm de agua. Por eso buscamos juncales cercanos a la costa y presentamos la línea pegada a los bordes, tirando a unos 10 m del juncal (sin caer sobre la costa pelada, donde suele haber menos agua).

La lógica era simple: la tararira ya había desovado y, apenas se corre un poco hacia adentro, vuelve a posicionarse para comer en la primera o segunda hilera de juncos, tomando como referencia la orilla. Las boyas Plop, livianas y con sonajero, ofrecen poca resistencia y marcan bien el pique. En la clavada, la regla que nos funcionó mejor fue clara: clavar hacia arriba, sin bajar la punta de la caña, y sostener la tensión. El multifilamento ayuda, pero si se afloja, la tarucha se cobra el error. Elegimos anzuelos offset 3/0 y 4/0, finos y rendidores, armados con líder de 40 lb y un plomo corredizo para que la carnada profundice rápido, sobre todo si hay vegetación en suspensión (cola de zorro, por ejemplo). El chasquido de la boya también suma: en tarariras territoriales, el sonido puede ser el disparador del ataque.
Hacerlas picar es un triunfo
En cada parada, motor apagado. Entrábamos paleando, anclábamos con silencio y empezábamos el trabajo: plopeo constante para despertar ataques. El pique no tardó, pero la efectividad fue otra historia. Con carnada se erraron muchas clavadas: para dimensionarlo, tuve cuatro y erré tres; a Fernando y Gonzalo les pasó parecido. Aún así, hacerlas picar es una satisfacción enorme. La pesca es entretenida y demanda acción continua, sobre todo porque recién salidas del desove, muchas están afirmadas al fondo, con la panza coloreada de rojo y un comportamiento cambiante. Una secuencia rendidora fue: dos o tres plopeos y dejar la línea quieta 10 segundos. Pero, curiosamente, en varios momentos rindió más lo contrario: dejar la boya anclada y sin ruido, para que el pez tome confianza y coma sin sospecha.

La jornada no fue explosiva, pero sí valiosa: sacamos varias taruchas, cuatro de ellas por encima de 800 g. Al mediodía, con viento y calor, paramos en una costa para almorzar e hidratarnos. En este juego, el cuerpo también pesca. Cuando llegó la tarde fuimos a la Bahía del Alemán, sector históricamente rendidor por sus plantas y vegetación de duraznillos. Allí tuvimos sólo un pique en una hora y media: una tararira que tomó una rana de látex rosa al ras del fondo, entre una pared de juncos.
Nuevo lugar
Luego nos movimos a las inmediaciones de la compuerta del Canal 18, otro lugar de referencia por el vuelco de agua. Logramos dos piques de ejemplares chicos: uno con carnada y otro con gusano de goma, ambos muy cerca de la costa y en poca profundidad. A las 17, con cuatro ejemplares de porte similar, la satisfacción fue concreta: las tarariras están. Y cuando aumente el caudal y el agua empiece a calentar, el panorama debería mejorar. No es una pesca fácil, pero si uno le encuentra la vuelta -carnada viva, artificiales adecuados y lectura del agua-, la sorpresa positiva puede aparecer. También -hay que decirlo-: hicimos la nota en un fin de semana, con el final de veda muy cerca. Es un período particular: salen del apareamiento, cuidan nidos y atacan por instinto. Eso explica parte del “pican y largan”, y de los errores.
En síntesis, vimos mucho pejerrey en el centro pensando en la temporada que se aproxima, y tarariras tomando sol en la costa y en los desbordes. No hay la cantidad de años anteriores –la depredación pesa, sobre todo cuando se mata por matar– y ese es el punto incómodo.

En nuestro caso, las tarariras pinchadas fueron todas devueltas. Lo hablamos con Fernando: si queremos pescarlas mañana, hay que cuidarlas hoy. La tararira no necesita discursos: necesita pescadores con criterio. No matemos más tarariras.
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